Traducido de la serie
"Making Sense  Out of Bioethics"


Puntos Ciegos en la Ética

Agosto 2007. En mi viaje a Auschwitz hace algunos años, una pregunta daba vueltas en mi mente: ¿Lo sabían? ¿Sabía la gente de Alemania lo que estaba pasando en este campo cercano a su propia frontera, en sus propios territorios ocupados? ¿Con los trenes yendo y viniendo año tras año, con las largas filas de prisioneros y las humeantes chimeneas? ¿Miraban acaso con ojos ciegos las atrocidades? ¿Se habían desensibilizado a tal punto que ya no podían ver las operaciones de muerte que tan cuidadosamente se coreografiaban en las cercanías?

Algunos campos de concentración, como el de Dachau, estaban asentados en confortables suburbios dentro mismo de Alemania, y los habitantes podían pasar cerca durante sus rutinas diarias. El césped en ese lugar seguía creciendo tan verde como en cualquier otra parte, las personas se casaban, los bebés nacían, los hombres iban al trabajo y la vida continuaba.

Al pasar por un lugar como Dachau o Auschwitz, uno se pregunta, ¿Podría suceder de nuevo? ¿Podría presentarse un escenario similar en la clase media de Estados Unidos? Muchos contestarían instintivamente “no” –después de todo, vivimos en una cultura y en una época más instruidas. Sin embargo, si miramos con más atención, podemos discernir paralelos problemáticos. En ninguna parte son tan evidentes estos paralelos como en los temas bioéticos de la actualidad. Nuestra sociedad, de hecho, enfrenta virtualmente la misma tentación que Alemania: la tentación de estandarizar ciertas operaciones de muerte, bien diseñadas dentro de una sociedad respetable.

Si vemos hacia el interior de nuestra propia cultura y en nuestra propia época, nos damos cuenta de que las máquinas de aspiración han tomado el lugar de las chimeneas, y de que las clínicas de fertilidad (Fertility Clinics) y los centros de salud para la mujer (Women`s Health Clinics) han substituido a los alambres de púas. En esta respetable sociedad, seres humanos por nacer y bebés embrionarios son desechados con la misma insensibilidad y facilidad que se hacía con los internos de aquellos campos de concentración, y ni una sola palabra se menciona al respecto. Nuestras grandes universidades, que debieran servir como una voz moral, permanecen mudas e inclusive apoyan tales maldades, como lo hace la prensa, y pocos se atreven a hablar del aire de muerte que flota en el ambiente.

No hay más que mirar hacia las clínicas para la planeación de los hijos (Planned Parenthood) localizadas por todo el país. Las generaciones futuras muy probablemente se sorprenderán ante las estadísticas: casi dos millones de muertes por año. Seguramente se harán preguntas respecto a aquellos que terminaron con las vidas de sus propios hijos mediante el aborto por elección, a razón de 1 cada 23 segundos. Se preguntarán, seguramente, “¿Cómo pudieron hacer eso?” y, “¿Lo sabían?”.

Sólo hay que dirigir la mirada hacia las clínicas para la fertilidad (Fertility Clinics) presentes en cualquier ciudad grande de Estados Unidos. Las próximas generaciones se escandalizarán, seguramente, con los números: la fertilización in vitro produciendo cientos de miles de humanos embriónicos que luego son congelados en nitrógeno líquido y convertidos, según palabras de un comentarista, en “paletas heladas”. Se consternarán por los muchos otros embriones humanos tratados como objetos, eliminados como desechos médicos, que terminaron en el drenaje o fueron objeto de experimentación, minas de oro por sus células madre embrionarias.

El mal puede mostrarse como una trivialidad. No necesariamente se presenta de una manera monstruosa o dramática. Puede adoptar la forma de una simple conformidad con lo que todos los demás hacen, con lo que los líderes dicen que es correcto, con lo que los vecinos hacen. La intrusión gradual de la maldad en nuestras vidas puede ser algo que ni siquiera notamos debido a que no estamos poniendo atención; puede ser algo que está apenas en la periferia de nuestra conciencia.

La mayoría de quienes han colaborado en los más terribles crímenes y falsedades de la historia no eran necesariamente unos monstruos inhumanos. Muchas veces se trataba de personas como nosotros. Eran capaces de dar y recibir compasión y amor; podían tener bellos sentimientos e ideales nobles. Una maldad casi increíble podía coexistir con el heroísmo, la lealtad, la familia y la cultura.

Durante los años nazis, no había decisiones trascendentales que tomar a favor o en contra del mal. La gente estaba ocupada en sus asuntos diarios y, en ese momento, el nazismo parecía bueno: aparentemente traía prosperidad, hacía que las cosas funcionaran, permitía a las personas sentirse bien consigo mismas y con su país. Los temas morales –los que ahora vemos como centrales, cuidadosamente se evitaban.

Cuando todo el horror del nazismo se hizo visible al final de la guerra, el pueblo de Alemania respondió, “Nosotros no sabíamos”. Cuando se le preguntó a un habitante local respecto a si sabía lo que estaba pasando en el campo, él dio una respuesta más amplia: “Sí, sabíamos que algo estaba sucediendo, pero no hablábamos de ello, no queríamos saber demasiado”. Primo Levi, escritor y sobreviviente de Auschwitz, describió así el punto ciego de la ética alemana:

“A pesar de las diversas posibilidades que tenían para informarse, la mayoría de los alemanes no sabían porque no querían saber. Porque realmente lo que querían era no enterarse. …Los que sabían no hablaban; los que no sabían no hacían preguntas; los que sí preguntaban no recibían respuestas. De esta manera el ciudadano típico de Alemania ganaba y defendía su ignorancia, lo cual le parecía justificación suficiente para su adherencia al nazismo. Cerrando la boca, sus ojos y sus oídos, construía para sí mismo la ilusión de no saber, y por lo tanto, de no ser cómplice de las cosas que estaban sucediendo justo frente a su puerta”.

Martin Luther King, Jr. decía que lo que más le dolía era el silencio de la gente de bien. Albert Einstein, quien abandonara Alemania cuando Hitler subió al poder, expresó el mismo sentimiento en una entrevista para la revista Time el 23 de diciembre de 1940. Remarcó que en algunas ocasiones eran únicamente la Iglesia y la religión las que cuestionaban el estado de cosas de la sociedad ante la maldad que había logrado infiltrarse en ella:

“Siendo un amante de la libertad, cuando la revolución llegó a Alemania recurrí a las universidades para defenderla, ya que ellas siempre habían hecho alarde de su devoción por la causa de la verdad; pero no, las universidades inmediatamente fueron silenciadas. Luego me dirigí a los editores de periódicos que en épocas pasadas habían proclamado, en apasionados editoriales, su amor a la libertad. Sin embargo, al igual que las universidades, ellos también fueron silenciados a las pocas semanas. Sólo la Iglesia se atravesó de lleno en el camino de la campaña de Hitler por acallar la verdad. Yo nunca había tenido un interés especial en la Iglesia, pero ahora sentía un gran aprecio y admiración pues únicamente ella había tenido la valentía y el empeño para defender la verdad intelectual y la libertad moral”.

La valiente, y más aún, retadora pregunta que debemos hacer es, “¿Cuál es nuestra propia respuesta a la maldad que nos rodea?”.

El Padre Tadeusz Pacholczyk hizo su doctorado en neurociencias en la Universidad de Yale, así como su trabajo post-doctoral en la Universidad de Harvard. Es Sacerdote para la Diócesis de Fall River, Massachusetts, y se desempeña como Director de Educación en el Centro Nacional Católico de Bioética en Philadelphia.  The National Catholic Bioethics Center: www.ncbcenter.org Traducción: María Elena Rodríguez